Jueves 17 febrero 2000 - Nº 1385
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De Kosovo a El Ejido OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL El fragor de los bombardeos en Yugoslavia hace un año ensordecía
nuestros oídos y nuestras conciencias. Todavía seguimos sin
analizar públicamente las causas de esa guerra y tanta muerte como
consecuencia. La sociedad europea ha olvidado aquel drama y allí
quedan kosovares y serbios, musulmanes y ortodoxos, cada uno destruyendo
los signos de identidad del otro. Entre tanto ha estallado en nuestra misma
patria otro conflicto, que ha despertado a los dormidos en el sueño
de la riqueza, o de la insensibilidad social. La cultura actual tiene una
inmensa capacidad de ilustración esclarecedora, pero no raras veces
la ejerce para adormecer, anestesiar y hacer olvidar. Nada más lejos
de lo que Unamuno esperaba de ella: "remejer las entrañas". ¿Por
qué estalló el conflicto de Kosovo y qué hay detrás
de esas llamaradas de xenofobia y racismo, que hoy arden en Viena o en
El Ejido? Hay que llevar a cabo una ilustración y purificación
de la memoria para entender lo que, leído en mera superficie, parece
ininteligible. Estamos asistiendo a la reaparición de conflictos
religiosos, culturales y nacionales que duran ya doce siglos. Latentes
hasta ahora o violentamente silenciados por guerras sucesivas, vuelven
a aparecer cuando la libertad deja lanzar el grito al aire. Estamos asistiendo
a las nuevas formas de choque entre Occidente cristiano y Oriente islámico,
entre europeos y turcos, entre la Europa católica o protestante
por un lado y por otro la Rusia ortodoxa, que había considerado
a Yugoslavia miembro espiritual de su imperio. En Kosovo se enfrentaron
fuerzas y memorias históricas ancestrales, que pujaban por revivir
y reafirmarse. No eran sólo trozos de tierra, sino una historia
y conciencia propias, un legado de identidad los que pujaban por afirmarse.
Era una historia hecha de leyendas y heroísmos, de sueños
y venganzas. Lo que desde el 24 de marzo de 1999 estaba aconteciendo en
Yugoslavia remitía a lo que siglos atrás había tenido
lugar en el "campo de los mirlos" el 28 de junio de 1389, donde trabaron
batalla el príncipe cristiano Lazar y el sultán otomano Murad
I con la victoria de éste sobre aquél. Rusia se ha sentido
solidaria de los países balcánicos en nombre de una ortodoxia,
que se creía responsable de su identidad. La guerra de Crimea en
el siglo pasado (1853-1856), la primera y segunda guerras mundiales en
éste, con la reagrupación de naciones y etnias estaban, también
detrás del conflicto. ¡Y todo hubiera sido trágicamente
más grave si en marzo de 1999 Rusia no hubiera estado sumida en
un marasmo político y económico que la tenía subyugada
al dinero de Occidente, porque de lo contrario habría intervenido
en favor de los serbios que consideraba sus hermanos!
En El Ejido se trata, en el fondo, del mismo conflicto, aun cuando su
primer nivel es social y económico. Grupos humanos pasan el Estrecho
hambrientos de pan y dignidad, ganosos de desarrollo económico y
de acceso a las fuentes de la riqueza. Europa, y en primer lugar España,
los va integrando porque los necesita como fuerza laboral para mantener
su economía, sobre todo en aquellas formas más duras de trabajo
que los europeos no estamos dispuestos ya a realizar. Los que llegan han
nacido y crecido en ámbitos totalmente distintos de los nuestros.
Pertenecen a otras culturas y en general son de religión islámica,
contra las cuales Europa y España han luchado durante siglos. Ése
es el conflicto de fondo: la lucha entre Occidente cristiano y Oriente
musulmán; entre dos culturas, una de las cuales, ha evolucionado
poco mientras que la otra ha sometido las fuerzas de la naturaleza por
la ciencia y la técnica, a la vez que va desplazando la actitud
religiosa. Occidente y el cristianismo han gestado las fuerzas de la libertad
y de la dignidad, pero no siempre las han utilizado como programa de solidaridad
entre los propios grupos europeos y menos con los de otros continentes.
El conflicto con Irak ha tenido tanta gravedad histórica porque
detrás estaban los intereses económicos de Occidente que
hasta ahora ha explotado las fuentes de riqueza de los países pobres,
adulando o enriqueciendo a sus soberanos, y dejando a las masas en su pobreza
infrahumana. ¿Por qué ni liberalismo ni socialismo han echado
raíces en los países islámicos? Cuando surge un líder,
sea Naser o Sadam Husein, y hace del petróleo un arma, todas sus
poblaciones irán detrás de él, aun cuando a la vez
sea un tirano. Esos conflictos han acrecentado la oposición entre
cristianismo e islam, entre secularidad y religión, entre poder
tecnocrático y aliento de solidaridad. Es profundamente significativo
que de manera clara y permanente, Juan Pablo II no ha apoyado sino contradicho
la actitud de Estados Unidos en el conflicto de Irak y, con los matices
respectivos, ha hecho lo mismo en el problema de Oriente Medio y Palestina.
Al final del segundo milenio la Europa cristiana y el Oriente islámico
se encuentran ante la necesidad de un cambio radical y de un nuevo comienzo.
La caída de Constantinopla en manos de los turcos el 29 de mayo
de 1453, el sitio de Belgrado en 1456, el asedio de Viena en 1529 y 1683,
han sedimentado en el suelo del alma occidental unos recuerdos y temores
que identifican al turco y al musulmán con el enemigo de la nación
y de la fe cristiana, con el invasor que pone en peligro la propia cultura
e identidad. Primero fueron los moros y luego los turcos, los que amenazaron
nuestra estancia tranquila y libre en la patria hispana. Piratas en las
costas y razias por las llanuras obligaron a edificar las ciudades en colinas
y alcores, con castillos y murallas. Todo eran centinelas subidos a las
atalayas por ver si subía o bajaba el turco.
Los españoles tienen como texto nacional un libro cuyo autor
quedó manco en Lepanto. Al comienzo de la segunda parte del Quijote
leemos: "De lance en lance vino a contar algunas nuevas que habían
venido de la corte y, entre otras, dijo que se tenía por cierto
que el Turco bajaba con una poderosa armada y que no se sabía su
designio ni adonde había de descargar tan gran nublado y con este
temor, con que casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella
toda la cristiandad".
Esclarecida y purificada la memoria, se trata ahora de esclarecer y
acendrar la esperanza. Todo es ya distinto, y sin embargo los miedos profundos
siguen siendo los mismos. Europa y Oriente por un lado, cristianismo e
islam por otro, tienen que recomenzar una nueva fase de encuentro en mutua
aceptación y no explotación, en mutuo reconocimiento y no
resentimiento, en actitud de diálogo y no de poder. Europa tiene
que repensar los criterios con los que ha comprendido otras culturas y
religiones durante los últimos tres siglos no pocas veces las ha
despreciado, reducido y ofendido, desde la convicción de que su
cultura era "la" cultura y de que el cristianismo era "la religión
absoluta". Mientras perdure en esta actitud, seguirá mirando a los
demás como ciudadanos de segunda clase, mano de obra barata, masa
de esclavos modernos. La Iglesia católica en el Vaticano II, con
sus documentos claves sobre La Libertad religiosa y Las Religiones
no cristianas ha establecido los criterios de aceptación, reconocimiento
y diálogo como actitud obligada ante el prójimo. El ecumenismo
no es sincretismo barato sino obligación sagrada, porque Dios es
único y el hombre único. Dios es igual para todos y todos
son hijos e imágenes del Dios creador. El islam también tiene
que realizar desde dentro de sí mismo lo que el cristianismo llevó
a cabo, primero con la Ilustración y luego con el Concilio Vaticano
II.
Es urgente crear una cultura de mutuo conocimiento y diálogo.
En nuestra patria tenemos figuras señeras que los practicaron con
proyectos geniales como Ramón Martí, Raimundo Lulio y Juan
de Segovia, creando escuelas de lenguas, haciendo ediciones trilingües
del Corán y reclamando que el diálogo en libertad y no la
guerra en violencia fuera la forma de encuentro con los entonces llamados
sarracenos. La cultura y sociedad españolas tienen que salir de
su torre de marfil, erguidas y despectivas, dejar de mirar a los ciudadanos
del Magreb como pobres hombres a la vez que como hombres pobres, y no despreciar
su actitud religiosa como pura magia. ¡Qué escarnio cuando
un alcalde de la capital española les cedía amplios terrenos
para una mezquita a la vez que sonreía compasivo y despectivo sobre
su oración, ayuno y lectura fiel del libro para ellos sagrado!
Son necesarias la generosidad y solidaridad, pero a ellas deben preceder
una real comprensión y aceptación. El budismo y el islam
se presentan hoy frente al cristianismo como las dos grandes alternativas
religiosas para Europa. La Iglesia ya ha reaccionado ante ellas, mientras
que la cultura y la sociedad siguen pensando que la religión no
tiene función social alguna, que es un residuo a extinguir, o que
en cualquier caso pertenece al ámbito de la intimidad pudorosa que
no debe encontrar espacio para su expresión nueva. No basta con
apelar a lo religioso en sola clave estética, ligera y trivial,
que lo degrada. No se puede olvidar el aviso de Hegel: "Es una representación
meramente abstracta y vacía imaginarse como posible que los individuos
actúen solamente según el sentido o la letra de las leyes
y no según el espíritu de su religión en la que yace
su conciencia más íntima y su obligación suprema".
Es necesario el cultivo simultáneo de derechos y valores fundamentales,
pero éstos sólo son posibles donde se alimentan ideales fundamentales.
Europa tiene poder y riqueza, pero no tiene el correspondiente aliento
de transcendencia y potencia de vida. No agradece la vida humana como un
don recibido que debe transmitir y defender en todas sus formas; no engendra
hijos suficientes para prolongar su propio futuro. El Este europeo y el
África vecina engendran y luchan por la afirmación de sus
hijos. Europa los necesita para supervivir pero no los reconoce; más
aun, secretamente los desprecia. Ha elaborado una democracia y cree que
con ella ha asegurado su futuro. Pero la democracia, que es indispensable,
tiene que ser fundada, nutrida y transcendida hacia una verdad mayor, común
y reconciliadora. Con métodos democráticos se han instaurado
dictaduras y ahora en Austria llega el fantasma de la nueva forma de xenofobia.
¿Cómo negarla con la sola democracia si ha nacido democráticamente?
No es pensable la identidad sin alteridad; ya no hay verdad humana sin
aceptación del prójimo. Lo que desde siempre la razón
humana y la fe cristiana nos deberían haber enseñado a todos,
se lo está haciendo evidente a Europa la necesidad de su propia
perduración como sistema de producción y de sociedad. Si
ella no engendra ni cree, quedará a merced de los que engendren,
crean y trabajen.
Olegario González de Cardedal es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. |
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