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Ahora
que ya sabemos que todo el mundo lo temía, no queda más remedio
que preguntarse por qué no hicieron nada por prevenir y evitar lo
que acaba de ocurrir. Y es que en los penosos sucesos de la comarca almeriense
de El Ejido no sólo han saltado por los aires muchos tópicos,
también han emergido las consecuencias de una política caracterizada
por la dejación. Al punto de resultar lacerantes las reacciones
oportunistas y los intentos de resolver el asunto a golpe de simplificación,
poniendo todo el acento en determinar qué grado de racismo y xenofobia
anida en esta sociedad. Guste o no, hay mucho más que considerar.
En las últimas semanas
se ha desvanecido el tópico que fundamentaba la política,
mejor la no-política, frente al hecho migratorio: la inexistencia
de sentimientos xenófobos, a modo de factor diferencial del resto
de sociedades europeas, donde la asimilación de razas y culturas
se está demostrando un problema de difícil resolución.
Y no es que a partir de los sucesos de El Ejido se deba diagnosticar justo
lo contrario, sino que va siendo hora de tener en cuenta los matices instalados
en una ciudadanía cada día más segmentada, variopinta
y plural, como premisa para evitar el diagnóstico genérico
y la simplificación.
El sentimiento potencial
de rechazo está tan presente como graduado y, lo que es crucial,
depende para manifestarse de las circunstancias imperantes en el entorno.
De ahí la enorme responsabilidad que han contraído quienes
llevan años incurriendo en una impresentable dejación.
Es obvio que son los mismos
que estos días se rasgan las vestiduras y tratan de cargar sobre
los exaltados de uno y otro lado todas las culpas, sin siquiera preguntarse
hasta qué punto su inhibición ha contribuido a generar sentimientos
y conductas que, aun siendo reprobables, no sólo han generado ya
consecuencias irreparables, sino que han instalado una dinámica
y quizás un efecto contagio tremendamente difíciles de remediar.
Con una derivación muy inquietante: la posible generación
de un espacio político susceptible de ser ocupado, instigado y utilizado,
por ejemplo, por alguno de los presuntos delincuentes que llevan tiempo
buscando un respaldo electoral en clave de impunidad.
Seguir denostando las despreciables
figuras que han emergido en el resto de Europa, negando al tiempo que aquí
exista el riesgo de alumbrar nada parecido, es una forma de no aprender
de los errores que han cometido, y hoy lamentan, los demás.
Cualquier planteamiento
realista frente al fenómeno migratorio debiera partir de la evidencia
de que abandonar el entorno natural, trasladarse a otras tierras huyendo
de la miseria y en busca de un modo de supervivencia más digno es,
ante todo, un drama personal. Debieran tenerlo presente quienes, sin ir
más lejos, llegaron no hace demasiado tiempo a la propia comarca
de El Ejido procedentes de otras zonas de España y han encontrado
allí su oportunidad de prosperar.
Sin caer en inoportuna demagogia,
cuesta diferenciar qué parte hay de racismo y cuánto clasismo
anida en la desconsideración que se practica frente al inmigrante.
Es cierto que procurar su integración requiere el esfuerzo de aceptar
y convivir con costumbres, culturas e incluso esquemas de valores a menudo
contrapuestos a los propios, pero valdría la pena tener conciencia
de que para ellos es todavía más difícil, aunque sólo
sea porque su obligado desarraigo y la penuria que suele rodear su condición
los sitúan en una posición de inferioridad. Sólo desde
una actitud generosa y condescendiente, basada en comportamientos de verdad
integradores, cabe situar un listón de exigencia para que los foráneos
asuman la costosa adaptación.
Prosperidad en el caos
Se está haciendo
poco énfasis en un dato fundamental: El Ejido se ha desarrollado
y crecido al margen de todo planeamiento y, en muchos aspectos, pasando
de la ley. Esa evolución anárquica ha interesado a la mayoría,
aunque unos tengan más responsabilidad que otros en la situación
creada y sea también dispar el precio que a cada uno le corresponde
pagar, ahora que ha explotado la tensión. Oleadas de inmigran-tes
ilegales se han instalado en su perímetro sin que nadie, público
o privado, se haya sentido impulsado a poner un poco de orden en su situación.
Estaban allí, lógicamente, porque los necesitaban, pero sobre
todo aprovechando que ellos precisaban de un medio para sobrevivir.
Su precariedad era y en
demasiados casos sigue siendo extrema, con el agravante de que beneficia
a muchos: empresarios desaprensivos que los someten a regímenes
de trabajo impresentables; otros, que les proporcionan habitáculos
ruinosos por alquileres abusivos; todo, en fin, bajo la eterna amenaza
de la denuncia y la correspondiente expulsión. Recorrer las tierras
de la comarca almeriense de El Ejido ofrece muchos contrastes. El contraste
más llamativo, sin duda, es la conversión de una zona que
fue desértica en un vergel bajo plástico que registra una
de las tasas de productividad agrícola más impresionantes
que se conocen.
Pero se dan otros tanto
o más perceptibles contrastes , como la acelerada prosperidad de
una parte de la población y las condiciones infrahumanas en que
sobreviven miles de emigrados. Baste un dato indicativo: ahora mismo, en
la zona no se perciben promociones inmobiliarias. Mucho menos se tiene
noticia de que ninguna de las administraciones públicas, comenzando
por el insólito Ayuntamiento de El Ejido, hubiera puesto en marcha
un solo programa de dotación de vivienda para los contingentes humanos
venidos del exterior; conviene repetir que imprescindibles para mantener
en rendimiento las explotaciones.
Tratar de amurallar un país
o un territorio es irreal. Y resulta un tanto estúpido, amén
de insolidario, negar la posibilidad de que otras personas aporten su esfuerzo
al crecimiento y la prosperidad colectivas de esta sociedad.
No deja de llamar la atención
el contraste entre los movimientos de solidaridad que este país
suele emprender a favor de pueblos lejanos, cuando se evidencia la catástrofe,
frente al egoísmo que denotan el rechazo y la explotación,
en paralelo, de quienes traspasan nuestras fronteras en busca de un modo
de sobrevivir.
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