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SIETE DÍAS 

ENRIQUE BADÍA 


El Ejido estaba ahí 
Ahora que ya sabemos que todo el mundo lo temía, no queda más remedio que preguntarse por qué no hicieron nada por prevenir y evitar lo que acaba de ocurrir. Y es que en los penosos sucesos de la comarca almeriense de El Ejido no sólo han saltado por los aires muchos tópicos, también han emergido las consecuencias de una política caracterizada por la dejación. Al punto de resultar lacerantes las reacciones oportunistas y los intentos de resolver el asunto a golpe de simplificación, poniendo todo el acento en determinar qué grado de racismo y xenofobia anida en esta sociedad. Guste o no, hay mucho más que considerar. 

En las últimas semanas se ha desvanecido el tópico que fundamentaba la política, mejor la no-política, frente al hecho migratorio: la inexistencia de sentimientos xenófobos, a modo de factor diferencial del resto de sociedades europeas, donde la asimilación de razas y culturas se está demostrando un problema de difícil resolución. Y no es que a partir de los sucesos de El Ejido se deba diagnosticar justo lo contrario, sino que va siendo hora de tener en cuenta los matices instalados en una ciudadanía cada día más segmentada, variopinta y plural, como premisa para evitar el diagnóstico genérico y la simplificación.

El sentimiento potencial de rechazo está tan presente como graduado y, lo que es crucial, depende para manifestarse de las circunstancias imperantes en el entorno. De ahí la enorme responsabilidad que han contraído quienes llevan años incurriendo en una impresentable dejación. 

Es obvio que son los mismos que estos días se rasgan las vestiduras y tratan de cargar sobre los exaltados de uno y otro lado todas las culpas, sin siquiera preguntarse hasta qué punto su inhibición ha contribuido a generar sentimientos y conductas que, aun siendo reprobables, no sólo han generado ya consecuencias irreparables, sino que han instalado una dinámica y quizás un efecto contagio tremendamente difíciles de remediar. Con una derivación muy inquietante: la posible generación de un espacio político susceptible de ser ocupado, instigado y utilizado, por ejemplo, por alguno de los presuntos delincuentes que llevan tiempo buscando un respaldo electoral en clave de impunidad.

Seguir denostando las despreciables figuras que han emergido en el resto de Europa, negando al tiempo que aquí exista el riesgo de alumbrar nada parecido, es una forma de no aprender de los errores que han cometido, y hoy lamentan, los demás. 

Cualquier planteamiento realista frente al fenómeno migratorio debiera partir de la evidencia de que abandonar el entorno natural, trasladarse a otras tierras huyendo de la miseria y en busca de un modo de supervivencia más digno es, ante todo, un drama personal. Debieran tenerlo presente quienes, sin ir más lejos, llegaron no hace demasiado tiempo a la propia comarca de El Ejido procedentes de otras zonas de España y han encontrado allí su oportunidad de prosperar. 

Sin caer en inoportuna demagogia, cuesta diferenciar qué parte hay de racismo y cuánto clasismo anida en la desconsideración que se practica frente al inmigrante. Es cierto que procurar su integración requiere el esfuerzo de aceptar y convivir con costumbres, culturas e incluso esquemas de valores a menudo contrapuestos a los propios, pero valdría la pena tener conciencia de que para ellos es todavía más difícil, aunque sólo sea porque su obligado desarraigo y la penuria que suele rodear su condición los sitúan en una posición de inferioridad. Sólo desde una actitud generosa y condescendiente, basada en comportamientos de verdad integradores, cabe situar un listón de exigencia para que los foráneos asuman la costosa adaptación. 

Prosperidad en el caos 

Se está haciendo poco énfasis en un dato fundamental: El Ejido se ha desarrollado y crecido al margen de todo planeamiento y, en muchos aspectos, pasando de la ley. Esa evolución anárquica ha interesado a la mayoría, aunque unos tengan más responsabilidad que otros en la situación creada y sea también dispar el precio que a cada uno le corresponde pagar, ahora que ha explotado la tensión. Oleadas de inmigran-tes ilegales se han instalado en su perímetro sin que nadie, público o privado, se haya sentido impulsado a poner un poco de orden en su situación. Estaban allí, lógicamente, porque los necesitaban, pero sobre todo aprovechando que ellos precisaban de un medio para sobrevivir.

Su precariedad era y en demasiados casos sigue siendo extrema, con el agravante de que beneficia a muchos: empresarios desaprensivos que los someten a regímenes de trabajo impresentables; otros, que les proporcionan habitáculos ruinosos por alquileres abusivos; todo, en fin, bajo la eterna amenaza de la denuncia y la correspondiente expulsión. Recorrer las tierras de la comarca almeriense de El Ejido ofrece muchos contrastes. El contraste más llamativo, sin duda, es la conversión de una zona que fue desértica en un vergel bajo plástico que registra una de las tasas de productividad agrícola más impresionantes que se conocen. 

Pero se dan otros tanto o más perceptibles contrastes , como la acelerada prosperidad de una parte de la población y las condiciones infrahumanas en que sobreviven miles de emigrados. Baste un dato indicativo: ahora mismo, en la zona no se perciben promociones inmobiliarias. Mucho menos se tiene noticia de que ninguna de las administraciones públicas, comenzando por el insólito Ayuntamiento de El Ejido, hubiera puesto en marcha un solo programa de dotación de vivienda para los contingentes humanos venidos del exterior; conviene repetir que imprescindibles para mantener en rendimiento las explotaciones. 

Tratar de amurallar un país o un territorio es irreal. Y resulta un tanto estúpido, amén de insolidario, negar la posibilidad de que otras personas aporten su esfuerzo al crecimiento y la prosperidad colectivas de esta sociedad. 

No deja de llamar la atención el contraste entre los movimientos de solidaridad que este país suele emprender a favor de pueblos lejanos, cuando se evidencia la catástrofe, frente al egoísmo que denotan el rechazo y la explotación, en paralelo, de quienes traspasan nuestras fronteras en busca de un modo de sobrevivir. 
 

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