Martes 15 febrero 2000 - Nº 1383 |
OPINIÓN
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Racista tú VICENTE MOLINA FOIX Cuando un español dice que no es racista hay que creerle lingüísticamente.
El castellano carece de palabras históricas para calificar esa autosatisfacción
atávica que sentía el simplicísimo soldado napoleónico
Nicolas Chauvin, convertido con el tiempo en el chauviniste de la
leyenda. Tampoco disponemos del jingoism inglés, término
de enrevesada raíz político-musical popularizado por quienes
apoyaron la decisión de Disraeli de hacer intervenir tropas británicas
en el conflicto ruso-turco de 1878; el jingoist de hoy es el beligerante
de la superioridad patriótica.
Ya se ve. Las tenemos que traducir: chovinista, jingoísta. Nosotros
no producimos de eso.
A la carencia lingüística hay que añadir el derrotismo
cultural. No hay otro país del mundo moderno con más desconfianza
intrínseca que España hacia su producto artístico
nacional, bruto siempre a la primera ojeada. Aunque hoy el recelo esté
desapareciendo, resulta difícil olvidar el tiempo reciente en que
decir en público que ibas a ver una película española
o seguías de cerca nuestra joven narrativa provocaba sonrisas lastimeras
en los cenáculos más distinguidos.
Amparados en ese escepticismo senequista, en esa tendencia ¿racial?
al rebajamiento de los prójimos, nadie podía pensar que el
español escondiera un sentimiento de superioridad en su alma estoica.
De ahí los chistes innumerables contra los seis millones de catalanes
magnificados y apropiados por Pujol o la incontaminada sangre vasca de
Arzalluz. "La peste del nacionalismo separatista", decimos preocupados,
sintiéndonos por encima de ella. Esa peste sigue oliendo igual,
pero los sucesos de El Ejido (los primeros brotes violentos y omisiones
policiales, antes de que el efecto Haider y la corrección
política sincera o forzosa hayan limado las aristas) vienen a despertarnos
del sueño de la inocencia racista.
Dos manifestaciones informativas. El mismo día en que los escuadrones
de la "muerte al moro" se apoderaban de la población almeriense
conmovida -lógicamente- por el asesinato de la muchacha en el mercadillo,
una noticia espeluznante quedaba relegada a una esquina de la página
de sucesos: el intento de violación en Avilés de una peluquera
de 22 años, a la que el agresor, contrariado según parece
por la frustración de sus deseos, le arrancó los ojos antes
de salir corriendo. El asesino de la chica es un enfermo grave con un historial
de tratamiento psiquiátrico, que no debería haber estado
en aquel mercado; el violador, un soldado profesional que al ingresar en
el Ejército en 1999 fue considerado normal en todos los exámenes
psicológicos. Nada he leído de que los avilesinos indignados
hayan ido con palos y piedras a arrasar el cuartel donde servía
el soldado. Claro que éste era de casa, mientras que el primero
nació en un pueblo de Marruecos.
En la noche del lunes 7 seguí con pasión el debate sobre
el asunto del día en Crónicas marcianas. Había
dos hombres jóvenes de la zona y un dirigente de los inmigrantes
marroquíes también joven, Hamza al Hanafi; no creo que olvide
este nombre. De los españoles, uno era moderado y conciliador; llamaba
"vándalos" a sus paisanos atacadores de los peones extranjeros y
del subdelegado del Gobierno, cuya imagen apaleada el programa de Sardá
no dejaba de pasar. El otro, cuyo nombre lamento no recordar, se decía
tolerante y, como es natural en un español, absolutamente no-racista.
Pero cuando Hamza, sentado a su lado, reclamaba unos básicos derechos
para sus compatriotas hostigados ante los ojos de una policía con
gafas negras y brazos cruzados, a su vecino de mesa le salía el
"jingoísmo" por la boca. La muerta era más víctima
que los árabes cuyas tiendas y posesiones han sido quemadas, y el
trabajo que éstos hacen por cuatro perras, algo que sólo
si no hay españoles dispuestos debería concedérseles.
¿Dos Españas? Dos mundos. El nuestro, el de ellos.
Espero no haber sido el único espectador del programa que, olvidando el certificado de nacimiento de Hamza, viera en ese hombre indignado y justo a un semejante de la única raza a la que quiero pertenecer, la humana. |
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