CARLOS
GÓMEZ GIL/DIRECTOR T”CNICO DE LA FUNDACION ALICANTE ACOGE E INVESTIGADOR
DE BAKEAZ --
LA entrada en
vigor de la nueva Ley de Extranjería no ha podido ser más
desafortunada. Mientras los inmigrantes se agolpaban ante numerosas oficinas
de la Administración formando colas que en algunos casos eran controladas
a golpes por la Policía, ningún responsable gubernamental
informaba sobre los efectos de su entrada en funcionamiento, sobre plazos
o procedimientos, dando pie a una situación de abandono y confusión
entre los inmigrantes y las propias organizaciones sociales sólo
comparable con la negligencia de un Gobierno que, de manera oportunista
y provocadora, anunciaba su deseo de modificar esta ley orgánica
que acababa de ser aprobada por el Parlamento y en cuya elaboración
ha participado durante año y medio. Por si todo esto fuera poco,
lo vivido en El Ejido ha demostrado bien a las claras cómo la prosperidad
de muchas ciudades y pueblos se está cimentando sobre la exclusión,
la marginación y la simple y pura explotación de los inmigrantes,
convertidos con frecuencia en cómodos chivos expiatorios para muchos
políticos zafios.
El Ejido
es todo un símbolo. Uno de los municipios españoles con mayor
renta per cápita y con mayor índice de inmigración
ha sido capaz de construir una riqueza y prosperidad envidiables, en poco
más de una década, gracias a una mano de obra inmigrante
sometida a unas condiciones de explotación que únicamente
se pueden comparar con la profunda marginación en la que vive. De
esta forma, el aumento en la prosperidad de los habitantes de El Ejido
ha sido inversamente proporcional a las condiciones de miseria y abandono
de muchos inmigrantes, hacinados durante años en establos e invernaderos,
sin que ninguna institución pública conocedora de esta situación
decidiera intervenir. Las manifestaciones racistas y neofascistas que hemos
visto han demostrado con crudeza el largo camino que nos queda por recorrer
en la tolerancia y respeto del otro, y evidencian también el fracaso
de unas políticas de inmigración meramente policiales y administrativas
que consideran al inmigrante como una simple mercancía, ignorando
que es un ser humano con un proyecto de vida propio. Pero también
demuestran hasta qué punto un Estado de Derecho no es tal si no
es capaz de proteger a todas las personas, pobres y ricos, haciendo que
la justicia, la ley y el respeto a la convivencia sean defendidos con todos
los medios puestos a su alcance.
Lo vivido
no admite peros, y exige un rechazo tan contundente como debía haber
sido la intervención policial y de la justicia contra los delincuentes
que han quemado cortijos y sedes de ONG, asaltado una mezquita y orinado
sobre el Corán, que han cortado carreteras e incendiado coches de
inmigrantes, jugando a la caza del moro ante la pasividad de la Policía
y la Guardia Civil, que han hecho dejación de sus cometidos. Por
ello, que responsables de este Gobierno hayan aprovechado estos sucesos
para arremeter contra la nueva Ley de Extranjería es tan oportunista
como irresponsable, propio de una glotonería política incalificable.
Esta Ley
de Extranjería ha tenido una tramitación desdichada, al escamotearse
a la sociedad un importante debate social sobre la inmigración y
sus consecuencias, que hubiera sido capaz de generar mayores apoyos a la
necesidad de dotar de unos derechos básicos a estos cientos de miles
de personas. Se optó por una tramitación exclusivamente política
de una materia con una gigantesca dimensión social, en aras a un
supuesto consenso que a la hora de la verdad se ha visto para qué
ha servido.
La nueva
Ley se mueve en un delicado equilibrio, entre el reconocimiento de derechos
básicos para los inmigrantes y la necesidad de limitar el flujo
migratorio. Para ello, la Ley mantiene conceptos jurídicos subjetivos
e indeterminados que pueden aplicarse contra los inmigrantes, impensables
para cualquier ciudadano español, al tiempo que establece un conjunto
de sanciones especiales que subrayan la condición de no ciudadano
de estas personas. Veremos si los desarrollos reglamentarios pendientes,
o los instrumentos legales vinculados al reconocimiento de muchos de estos
derechos como el empadronamiento, un derecho básico que es incumplido
sistemática y reiteradamente por muchos ayuntamientos que no quieren
que se asienten inmigrantes en su municipio, son garantistas o por el contrario
restrictivos.
Por ello,
parece evidente la necesidad de trabajar desde coordenadas distintas en
una política de extranjería que entienda el fenómeno
de la inmigración de acuerdo con planteamientos novedosos, distintos
y respetuosos hacia el ser humano. Se trata de elaborar una nueva política
de extranjería que permita avanzar hacia un fortalecimiento de la
democracia, profundizando en una nueva dimensión de la solidaridad
a partir del respeto mutuo y la riqueza aportada por la interculturalidad.
Pasar, en definitiva, de las políticas de inmigración a las
políticas de integración social respetuosas para todos. Tenemos
que acabar de entender que los inmigrantes han traído siempre energía,
frescura e imaginación, enriqueciendo así nuestras sociedades,
potenciando al mismo tiempo unas relaciones económicas distintas
y propiciando con ello la creación de puestos de trabajo. Posiblemente
Europa tenga todavía que descubrir el enorme capital social y cultural
que le está aportando la inmigración. Esperemos que, cuando
lo haga, no sea demasiado tarde.