Martes 8 febrero 2000 - Nº 1376 |
ESPAÑA
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"No sé cómo estoy hablando aquí y no estoy muerto" Algunos inmigrantes han huido, otros esperan encerrados los alimentos que les da la Cruz Roja y uno tuvo que ser atendido por deshidratación tras su escondite de 48 horas TEREIXA CONSTENLA, El Ejido
Decenas de lugareños observan la escena desde balcones y aceras.
Una señora les ofrece agua, un gesto humanitario casi excepcional
estos días.
La manifestación duró poco. Sobre las 14.00, una barrera
policial frena en seco el avance de los inmigrantes. "Les habla la policía.
Esta manifestación no está autorizada. Deben permanecer en
el sitio donde se encuentran ahora", dicen por megafonía. Varios
agentes antidisturbios se aprestan para cortarles el paso y disolver la
manifestación con pelotas de goma. No es necesario. Los inmigrantes
se sientan sobre el asfalto.
Los norteafricanos que residen en El Ejido -en general, en la comarca
de El Poniente- viven atenazados por el pánico desde el sábado,
cuando el asesinato de Encarnación López -cometido supuestamente
por un marroquí que ha recibido tratamiento psiquiátrico-
desató la mayor oleada de violencia xenófoba ocurrida en
España. Desde entonces, muchos han huido de sus residencias para
esconderse entre el intrincado laberinto de caminos rurales y entre los
plásticos de los invernaderos. Tres magrebíes permanecían
ayer ingresados en el Hospital de Poniente como consecuencia de los disturbios.
Uno de ellos presentaba síntomas de deshidratación, agotamiento
y neumonía tras haber permanecido escondido entre invernaderos las
últimas 48 horas, según informa Efe. Desde que comenzaron
los incidentes han sido atendidas 49 personas en los hospitales de Poniente
y los centros de salud de Vícar y Roquetas por diversos traumatismos
y heridas. De ellos, al menos 16 son magrebíes, 14 autóctonos
y nueve agentes de la policía.
Algunos inmigrantes, maleta en ristre, han abandonado la zona, según
comentan sus compañeros. Una veintena se refugió durante
la noche del domingo en la comisaría de policía.
Pocos lugares son seguros, y no sólo para ellos. Una llamada
telefónica sobre las 12.30 de la mañana del defensor del
pueblo Andaluz, José Chamizo, a la sede central de la organización
humanitaria Almería Acoge, en la capital, les alertó de un
posible ataque de grupos organizados contra la oficina de la organización
humanitaria. Los voluntarios desalojaron las dependencias bajo custodia
policial y se llevaron con ellos el equipo informático y los documentos,
informa María José López Díaz.
Entre las sombras que proyectan los incidentes violentos hay escasos
puntos de luz: uno de los inmigrantes refugiados en la comisaría,
sentado a primera hora de la mañana en las escalinatas de la comisaría
puntualiza: "No todos son iguales, hay gente buena. Pienso quedarme aquí".
No sólo tienen temor, comienzan a tener hambre. Desde el sábado
no se atreven a comprar alimentos ni nada que les obligue a acudir a comercios
españoles. El paro general que vivió ayer El Ejido, tampoco
les dio opciones de compra.
En el núcleo de La Loma del Boque, en Las Norias, residen un
centenar de inmigrantes, la mayoría oriundos de Khouribgua, una
ciudad cercana a Casablanca. No han salido de casa desde el sábado.
Ayer por la mañana la Guardia Civil vigilaba el área. El
Kaabir Sellaji, de 24 años, fue uno de los primeros norteafricanos
en sufrir las iras de los ejidenses: "Iba en el coche con un amigo.
Cerca de Santa María del Águila nos atacaron 30 personas,
tuvimos suerte de poder salir corriendo, pero me han quemado el coche".
Con su vehículo, adquirido hace tres meses por 200.000 pesetas,
han ardido también sus papeles de residencia, lo más preciado
para un extranjero. Cuando llegó a El Ejido, hace un lustro, no
pensó que acabaría deseando irse. "No puedes dormir, no te
fías, si aún tuviera el coche me iría de aquí",
dice. Una veintena de magrebíes esperan en una explanada cercana
a sus casas, la llegada de Cruz Roja con provisiones. Casi nadie se ha
movido de allí, a excepción de Mohamed El Kuad, que ayer
por la mañana se desplazó hasta Roquetas de Mar, a 20 kilómetros,
para comprar pan.
Desembarcó en El Ejido hace 12 años, casi el tiempo que
lleva trabajando para un solo empresario agrícola. Sus relaciones
son cordiales. El Kuad habla con serenidad, incluso al recordar los insultos
que le han dirigido en este tiempo. Su mujer, Najiba Gualid, llegó
hace tres años y sólo ha entablado amistad con una mujer
gitana. "No queremos problemas, esperamos que esto pase, pero nos iríamos
si esto sigue así".
Marzouk Elk Ibrahim, de 29 años, ha vivido ya más tiempo
en territorio español que en Marruecos. Llegó con 13 años
a El Escorial (Madrid), donde estudió hostelería. Durante
dos años fue jefe de cocina de un restaurante de Almerimar, el núcleo
turístico de El Ejido y el único que se ha librado de la
violencia de los últimos días. Cree que la situación
de rechazo que perciben los africanos en esta zona no tiene parangón.
"En Madrid no es lo mismo", dice.
Hace un mes apenas, El Irbrahim abrió su propio negocio -un bar en el centro de la localidad-. Su estreno no ha podido ser más dramático. Ha perdido unos dos millones de pesetas por los destrozos vandálicos que sufrió su local la primera noche de enajenación colectiva, el sábado. Pero podría haber sido peor: "Estaba dentro del local con otros seis marroquíes, rompieron la puerta y comenzaron a matarnos sin que la policía hiciera nada. Cogí el extintor para hacer humo y que no me vieran, en esa confusión logramos escapar". Toma un respiro y concluye: "No sé cómo estoy hablando aquí y no estoy muerto".
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